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Publicado en Noticias Premium Miércoles, 27 de diciembre de 2017 08:00

Rentabilidad y valoración bursátil

Ofelia Marín-Lozano (1962 Capital SICAV) | Un año más, las principales Bolsas mundiales cerrarán en positivo. En Estados Unidos encadenarán, con este, nueve ejercicios ininterrumpidos en ganancias. En Europa serán solo seis (si contamos como positiva la revalorización inferior al 1% del Euro Stoxx 50 del año 2016) los años transcurridos desde el último año en el que se registraron pérdidas. En todo caso, cada año, cuando las Bolsas suben, resuenan las voces que cuestionan si no estarán ya demasiado caras.

 

La forma más simple, la más difundida popularmente, para enjuiciar si los índices bursátiles cotizan caros (sin haberse parado a analizar una por una las compañías que están incluidas en ellos, que es lo que realmente hay que hacer) es comparar múltiplos, como el PER, el Valor Empresa/EBIT, el Precio/Valor Contable, o cualquier otro, y ver si son superiores o no a una media histórica. Según este análisis un tanto burdo, si los múltiplos citados superaran dicha media, las Bolsas estarían caras. Esta aproximación tiene dos fallos muy importantes. El primero, que debería resultar obvio y que es determinante, es que podemos estar comparando períodos en los que la rentabilidad libre de riesgo (los tipos de interés), difiere de forma muy notable. Este es, sin duda, el caso actual. El segundo, que tampoco es menor, tiene que ver con las diferencias de ponderación de las empresas en los índices. El perfil de rentabilidad, riesgo y crecimiento de unas empresas frente a otras (o, en sentido más amplio, entre sectores), puede haber variado de forma tan significativa en el tiempo que comparar múltiplos agregados de índices sea un ejercicio, como suele decirse de las comparaciones, especialmente odioso.

 

Adicionalmente, hay un factor que no se suele tener demasiado en cuenta a la hora de comparar múltiplos sobre beneficios: es la tasa de rentabilidad que las compañías obtienen sobre el capital empleado. Esta tasa (conocida como ROCE, return on capital employed, expresada como el cociente entre el beneficio operativo y el sumatorio de los recursos propios y la deuda neta), nos ofrece una buena indicación de qué parte del beneficio obtenido puede ser destinada, efectivamente, a retribuir a los inversores, y qué parte debe ser retenida para financiar un eventual crecimiento.

 

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