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Publicado en OPINION Martes, 27 de noviembre de 2018 00:00

La innovación financiera en el banquillo

Fernando G. Urbaneja | Sostenía Alan Greenspan en sus memorias (La era de las turbulencias, 2008) que la regulación no debería “inhibir a las abejas polinizadoras de Wall Street”, es decir, la innovación financiera, los nuevos instrumentos de gestión de riesgos. Esos instrumentos que otro norteamericano relevante, Warren Buffet, calificó como de “destrucción masiva”. Poco tiempo después en comparecencia ante el Congreso para explicar la crisis financiera el propio Greenspan, al que los medios calificaron antes como “Maestro”, reconocía que no había previsto la crisis, que la detectó y que no entendía lo que estaba pasando.

 

La reciente Gran Recesión empezó siendo una crisis financiera que comprometió la solvencia y la liquidez de las entidades financieras, trasladada luego a una crisis de deuda soberana y finalmente a un retroceso de todas las economías con pérdidas de producción y de empleo. Quizá lo peor ha sido que la salida de la crisis ha cursado con graves problemas de desigualdad, de irritación social y de cuestionamiento del propio sistema, tanto que no son pocos los que advierten que estamos en vísperas de otra crisis financiera (por la deuda) de inciertas consecuencias.

 

El sistema financiero ha incorporado a lo largo del siglo innovaciones de todo tipo. En la mayor parte de los casos para mejorar la gestión del riesgo (rasgo decisivo del negocio financiero), para propiciar la financiación y mejorar los flujos financieros en velocidad y simplicidad. Pero también ha incorporado una complejidad al alcance de muy pocos, con efectos perversos y consecuencias no buscadas que en vez de reducir y anticipar el riesgo han producido el efecto contrario: multiplicar los riesgos hasta niveles incalculables. En esas estamos.

 

Junto a la gestión del riesgo, el otro comodín del negocio financiero, especialmente en lo referente a la banca al detalle, a particulares y familias, es la confianza. Y ese valor también ha salido muy malparado de la crisis, tanto que muchos banqueros consideran hoy que entre sus principales problemas está el reputacional, la mala fama, la desconfianza de los clientes y, sobre todo, de la sociedad. Una desconfianza cuyo mejor ejemplo está en que pierden la mayor parte de las demandas que les plantean los clientes. Los jueces recelan de los bancos, incluso cuando tiene razón. La reciente peripecia en España de la regulación hipotecaria es un ejemplo elocuente, casi clamoroso.

 

La innovación financiera, que se manifiesta en muchos de los nuevos productos e instrumentos financieros y en el clausulado de contratos de crédito ha ido al banquillo y ha perdido la mayor parte de las cláusulas. Y frente a esa derrota, el sector financiero se ha quedado impávido, sorprendido, arrinconado y sin capacidad de respuesta. Hasta en los casos en que tiene razón, ha perdido no pocos pleitos. El mito del poder de la banca ha quedado acreditado por los hechos, aunque el mito sobrevive porque suele estar por encima de la razón.

 

En un reciente coloquio sobre el sector financiero, uno de los asistentes, experto en la materia y con largo recorrido en el sector, sostuvo que habría que prohibir la innovación financiera, que no había traído más que desgracias y pocos de los bienes pretendidos. Se notaron los murmullos en la sala, algunos de aprobación. Y no faltaron comentarios posteriores defendiendo el valor de la innovación, el riesgo de una regulación excesiva y asfixiante.  

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